Óscar no se encontraba bien esa mañana. Probablemente, la grasienta cena —dos huevos fritos con salchichas— había sido la causa de la mala noche, y la media botella de vino peleón que la acompañó era, sin duda, la madre de la enorme resaca que amenazaba con reventar su cabeza ante el más mínimo sonido.

 

   Eva, su mujer, aún seguía durmiendo. «A esa zorra se le va a acabar lo bueno», pensó mientras se levantaba de la cama, haciendo todo el ruido posible para interrumpir el descanso de su pareja. Nunca estuvo enamorado de ella, y a duras penas se podía decir que la quiso algún día; lo que estaba claro es que, desde hacía ya muchos años, lo único que sentía era odio y desprecio. El trabajo que tenía se lo debía a ella, eso era innegable. La fábrica nunca habría contratado a un borracho violento como él, si no se tratase del yerno del dueño. Sin embargo, a ojos de Óscar, su vida se reducía a interminables días yendo a un trabajo que no le gustaba, y ganando un dinero que servía, a su entender, solamente para mantener a la persona con la que compartía lecho.

 

   Eso se iba a acabar pronto. Se iba a acabar ese mismo jodido día.

 

   No, no la mataría; eso solamente le podría suponer, en el mejor de los casos, quedarse sin trabajo. Su plan era otro distinto. Hoy no iba a ir a la fábrica a aguantar como el hijoputa de González no paraba de darle órdenes, ni los murmullos de sus compañeros —¿compañeros? ¡Y una mierda!—, que siempre cuchicheaban a su espalda. Ya había conseguido el arma, tenía el pasamontañas y, sin lugar a dudas, contaba con la determinación para acabar el día como un hombre rico. Rico y con una novia a la que triplicaba en edad. La imagen de sus pechos turgentes, de su ancha cadera y de sus labios carnosos contrastaba con la sequedad cadavérica de su mujer que, para más inri, ni siquiera hacía el amor con él desde hacía... ¿qué más daba? No deseaba, ni quería, mantener ningún tipo de relación con ese adefesio, apenas un mendrugo de pan en comparación con el caviar que solía degustar, aunque no fuese de forma gratuita.

 

   —¿Ya te vas, cariño?

 

   «Jodida gilipollas».

 

   —¿Cómo voy a irme ya? ¿No ves que acabo de levantarme? —Hoy no era un día para montar follón. Otra mañana, la pregunta de su cónyuge hubiese supuesto un empellón, como mínimo—. Vuelve a dormir.

 

   Años atrás, Eva se levantaba junto a él para prepararle un café y una tostada. Desde aquella mañana en la que había cometido el gravísimo error de quemar los bordes de la tostada, todo cambió. Óscar cogió la costumbre de bajar al D’elba, un pequeño bar que se encontraba casi junto a su portal, debido a la imposibilidad de su esposa para manejarse adecuadamente con las muñecas fracturadas. Cuando se percató de que se sentía mucho mejor alejado de ella, ya no volvió a tomar ese café con tostada.

 

   Hoy no sería una excepción, claro. Se dio una ducha rápida y, sin despedirse, abandonó aquel apartamento que cada vez le resultaba más lóbrego y asfixiante.

 

(...)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Rafa había dormido mal.

 

   Como siempre.

 

   La protuberancia de su ceja izquierda lo había martirizado desde las cuatro de la madrugada, hora en la que se había levantado para descargar la gran cantidad de alcohol ingerida la noche anterior. A partir del segundo vodka, el dolor disminuía hasta convertirse, tres copas después, en una ligera molestia que le producía más placer que punzadas. Sin embargo, esa primera meada que le despertaba de su insensible sueño le aliviaba la vejiga, pero le devolvía a la cruda realidad de tener que convivir con una presión continua en el lado izquierdo de su cara. Aun así, había vuelto a la cama, había enterrado su rostro en la almohada y había dejado vagar su mente en lo único que le hacía olvidar su mal: la pintura.

 

   En efecto, Rafa pintaba.

 

   Había montado un estudio en la otra habitación, aunque llamarlo estudio quizá no fuera muy acertado. En realidad, el desorden cundía por doquier: los cuadros, empezados o inmaculados, se mezclaban apoyados en las paredes; los tarros, botes, esponjillas, lapiceros, paletas, trapos, pinceles y otros utensilios se desparramaban sobre cajas de cartón, en maletines y por el suelo; y un buen número de telas, maderas, lienzos y cartones se desperdigaban en busca de algún hueco en el que posarse. Lo único que parecía en su lugar era el caballete situado de espaldas a la ventana. Aquella habitación, desde luego, representaba una perfecta escena naif.

 

   Allí Rafa se pasaba la mayor parte de su tiempo libre. Se entretenía trazando líneas con sus lápices y aplicando colores con sus pinceles, a pesar del dolor que, a las pocas horas, le agarrotaba su mano derecha. Esos nudillos deformes, esos dedos retorcidos y la escasa movilidad de su muñeca no estaban preparados para delicadezas. Aun así, aguantaba el dolor y seguía pintando. Sobre todo, creaba composiciones que, en su mayoría, no guardaban parecido alguno con objetos reales. Pero esto no significaba que gozara de una gran inventiva y sensibilidad como pintor abstracto. Más bien, Rafa no tenía ni puta idea de pintar.

 

   Pero le gustaba.

 

   Tras la meada y después de rodar por la cama durante varias horas, más adormilado que consciente, la claridad que entraba por la ventana del dormitorio terminó desvelándolo.

 

   Miró la hora.

 

   Las nueve y veinte.

 

   Recordaba vagamente que ese día tenía muchas cosas que hacer.

 

Se levantó y se vistió.

 

Pero no pensó en esas cosas porque, entre otras razones, las olvidaría en pocos minutos. Sin embargo, lo que sí sabía era que, durante el desayuno, anotaría esas cosas en su libretita. Así evitaba el enorme esfuerzo mental por recordarlas.

 

El desayuno.

 

En la cafetería de siempre.

 

De eso sí que se acordaba.

 

(...)

 

 

 

 

 

 

 

   A veinte minutos escasos de la ciudad, en una zona discreta, había un invernadero intensivo con una porción de terreno que no estaba dedicada a las frutas y hortalizas. Allí se cultivaba «la-mejor-hierba-de-la-comarca», como le gustaba anunciarla a Mustafá David. Ocho decenas de plantas con las raíces sumergidas en un depósito de nutrientes, con una bomba que administraba las disoluciones minerales necesarias para que los cogollos crecieran frondosos y saludables. Esa técnica le permitía desarrollar el doble de tricomas que cualquier otro cultivador de la zona. Optimizó las cosechas utilizando un cruce de Blueberry y una cepa Hace con Sativa dominante; el sabor del producto era dulce y provocaba un subidón eufórico, suave y energético. Mustafá las cuidaba con mimo, proporcionándoles todas las ventajas del cultivo hidropónico con sustrato de coco. Aunque tenía automatizado el flujo de riego, todas las mañanas y todas las noches debía tomar una lectura del PH, regular la temperatura, controlar el buen funcionamiento del termostato y las lámparas, y vigilar que la araña roja no se colara en la cosecha.

 

   En un rincón, sobre una pequeña mesa con cajones, se encontraban desperdigados varios botes de leche en polvo. Mustafá prefería cortar el speed con lactosa, porque el bicarbonato cantaba demasiado. Todo eso debía hacerlo antes de que los trabajadores temporeros se hubieran despertado para dirigirse al tajo. Además de las lámparas HPS, había dos radiadores, dos ventiladores, cuatro extractores y una bombona vacía de CO2, bajo la que se ocultaba una rejilla de desagüe falsa. Allí guardaba una caja hermética con un montón de dinero, demasiado, una pistola, una navaja mariposa, papelinas, pastillas de speed y una bolsa repleta de pirulas de éxtasis. Sabía que ahí estaban seguras, porque solo él tenía acceso a ese invernadero dentro del invernadero.

 

   Habían pasado más de tres años desde que Mustafá David Belhaj hiciera un trato con Fulgencio, su patrón. A cambio de liberarle del trabajo y hacerle fijo, le devolvía multiplicado por diez el sueldo y los gastos de la Seguridad Social, además de suministrarle toda la droga que fuera capaz de consumir. Para Mustafá era un chollo y para el dueño, que era adicto a la maría desde su adolescencia, un lujo disponer de camello propio y de la mejor hierba que había fumado en su vida.

 

   Esa mañana andaba un poco ajustado de tiempo, porque había pasado mala noche y le costó arrancar. Había quedado con Quique, uno de los yonquis que le ayudaban a distribuir la mercancía, y todavía tenía que echar un ojo a la planta madre e inspeccionar detenidamente los esquejes. No iba a saltarse la rutina por ese gilipollas y descuidar la base de su negocio. Le importaba una mierda hacerle esperar, pero como era lento de entendederas y tenía que llevar un pedido a la hora acordada, convenía no retrasar el encuentro para que pudiera asimilar todas sus instrucciones. Cuando terminó, llevaba diecisiete minutos de retraso. Echó en una bolsa de plástico cincuenta papelinas y una pirula de éxtasis, más cuatro bolsitas que fueron a parar al bolsillo trasero del pantalón, junto a la navaja, se montó en la moto y salió del invernadero en dirección a la ciudad, justo en el momento en que empezaban a llegar los somnolientos trabajadores.

 

 

(...)

 

 

 

  • Editorial: Ediciones PG
  • Autores: David J. Skinner, Óscar F. Camporro y Rafael Estrada
  • Temática: Ficción moderna y contemporánea
  • Género: Novela Negra
  • Rango de edad: Adultos
  • Nº de páginas: 172
  • Encuadernación: Tapa blanda con solapas
  • ISBN: 978-84-947625-6-7