Delirio en rama

Vol. III de la trilogía del inspector Proaza

 

 "Y donde prospera la enfermedad,

se desencadenan los infortunios".

                       

                            (J.R.R. Tolkien)

 

 

 

 

1. Un paso adelante

  

Sentía que algo estaba a punto de caer sobre él con la intención de destruirle. Su cuerpo se puso alerta, preparado para la lucha o la huida. Salvador ya había luchado hasta que se quedó sin fuerzas y no podía escapar, de manera que permaneció inmóvil aguardando el mazazo. Tenía el sobre en una mano, pero no conseguía enfocar las letras. Si era lo que temía, el plazo ya debía de haber expirado. Llevaba más de dos semanas demorándolo, pensando sobre ello, con el sobre guardado en el bolsillo para que Andrea no pudiera verlo y así evitarle el mal trago. Aunque ya suponía lo que iba a hallar dentro, para poder confirmarlo iba a tener que levantarse, encontrar las gafas de cerca y volver a sentarse.

 

Demasiado esfuerzo.

 

Le dio un trago a la cerveza, que ni siquiera estaba fresca. Encendió un cigarrillo. ¿Qué podía hacer? Pues alargar al máximo el momento de incertidumbre mientras la nicotina le corría por la sangre, porque una vez que el conocimiento nos ilumina ya no hay vuelta atrás, según dijo el padre Anselmo en la última misa.

 

Qué cansado estaba. ¿Es que no iba a terminar nunca esta pesadilla? Pensó en echarse sobre la cama y dormir, olvidarse de todo y esconder la cabeza bajo las sábanas, pero sabía que no podía hacer eso. Qué difícil resulta tomar decisiones cuando no quedan alternativas. Por fin se animó a levantarse, después de haber llegado a un acuerdo mental en el que se estipulaba que antes de buscar las gafas y enfrentarse al destino bebería una cerveza bien fría.

 

Aún no sabía que sería la última.

 

Se levantó del sofá con esfuerzo, impulsándose con ambas manos, como si el cuerpo le pesara una tonelada; caminó lentamente hasta la cocina, sin ganas, arrastrando los pies, abrió el frigorífico y sacó una cerveza helada. La abrió y dio un largo trago.

 

Al darse la vuelta vio las gafas.

 

Estaban en la encimera, junto al desayuno ya frío. Se las puso, volvió al sofá y se sentó.

 

Un nuevo trago.

 

Sacó el sobre del bolsillo, arrugado y maltrecho, lo desdobló y lo puso boca abajo para no ver el remitente; lo rasgó por el lado más estrecho, con la navajita que tenía en el llavero, introdujo un dedo y extrajo una hoja de papel plegada que vislumbró de soslayo. Antes de atreverse a mirarla aún le dio un trago a la cerveza y un par de caladas al cigarrillo, que estrujó en el cenicero con energía, un pequeño gesto de afirmación para infundirse valor. Sólo entonces se enfrentó al documento con los ojos cerrados, los fue abriendo poco a poco, tomándose su tiempo, hasta que consiguió enfocarlos y descubrió lo que ya sospechaba: una notificación de desahucio. Un documento con la letra muy pequeña y dos aparatosas firmas destruyéndole la vida. No se sorprendió porque ya la esperaba, aunque experimentó un bajón que le dejó conmocionado durante unos segundos eternos. Empezó a leer la resolución judicial, pero le pareció tan absurdo el formalismo del lenguaje utilizado para convencerle de que debía abandonar su propia casa voluntariamente, que se cagó en la puta madre de quien había redactado esa farsa. Nada personal, parecía dar a entender el mensaje. Llevaba sin pagar la hipoteca unos pocos meses porque estaba en el paro. ¿Acaso era culpa suya? Él quería trabajar, pero nadie le contrataba. Su mujer limpiaba casas y fregaba escaleras mañana y tarde, aunque con eso apenas tenían para comer y afrontar los recibos. Arrugó el documento y lo tiró al suelo. Estrelló la lata de cerveza contra la pared gruñendo como un animal, un desahogo rotundo y vano que no solucionaba nada. Entonces cayó en la cuenta de que no estaba solo y sintió vergüenza. Cuando vio cómo le miraba su hijo, se le empañaron los ojos.

 

—Ven aquí, campeón.

 

Sin saber a qué atenerse, el pequeño se sentó sobre sus rodillas, asustado. El padre le abrazó.

 

—¿Hoy no vamos al parque? —preguntó el chaval.

 

Salvador encendió otro cigarrillo, mientras pensaba la respuesta.

 

—No, quizá más tarde.

 

—¿Por qué?

 

Sonó el timbre del interfono. «Rrrrrrr…»

 

Ambos se sobresaltaron. Se levantó bruscamente, dejó al niño sobre un cojín y le dijo:

 

—Dani, quédate ahí y no te muevas. ¿Vale?

 

—Vale —respondió Daniel.

 

—¿Me lo prometes?

 

—¡Que sííí…!

 

Le revolvió el pelo con la mano y le besó en la frente.

 

Entró en su habitación y se dirigió hacia la ventana, se colocó detrás de los visillos y entonces los vio. El furgón del juzgado, dos patrullas de la Policía Local, un cerrajero y un grupo de curiosos que querían enterarse de lo que pasaba. También podía ver la fachada del banco, el que le estaba robando su casa. Los empleados no se cortaban, mirando sin disimulo; algo más discreto, el director de la sucursal acechaba desde detrás de la persiana veneciana de su despacho; cuando se dio cuenta de que se movían los visillos de la ventana del 7º C, soltó la lámina y se apartó bruscamente.

 

El timbre sonó de nuevo. «Rrrrrrr…»

 

—Papá, están llamando al porterillo.

 

Dio una calada al cigarro y expulsó el humo con rabia.

 

—Ya lo sé, hijo. Sigue sentado y no hagas nada.

 

—Pero…

 

—Escucha, Daniel, cuando yo te diga te levantas, abres la puerta y te vas a casa de la vecina.

 

—¿A casa de Ana?

 

—Sí. Pero no le des al botón del porterillo, ¿de acuerdo?

 

—Vaaale…

 

 Fue a la mesilla, cogió la foto de Andrea, la miró y la abrazó. Se la hicieron la misma noche que se conocieron, hace nueve años, en el fotomatón del centro comercial Mandarache: «Por si no volvemos a vernos…», le dijo él, que quería tener esa cara en su cartera, para poder mirarla siempre que quisiera y soñar que ella le miraba también. Después, cuando resultó que siguieron viéndose, hizo que le ampliaran una de las instantáneas para enmarcarla y colocarla en su habitación. «Esta es mi novia», les dijo a sus padres. «Ya era hora…», le respondió su padre. Su madre no dijo nada, pero movió la cabeza.

 

El timbre volvió a sonar. «Rrrrrrrrrr…» «Rrrrrrrrrr…» «Rrrrrrrrrr…»

 

Le dio dos caladas seguidas, y una tercera…

 

—Te quiero, hijo.

 

—Yo también, papá. ¿Puedo irme ya?

 

—No. Cuenta hasta veinte y entonces te vas. ¿Sabes contar hasta veinte, ¿verdad?

 

—Síííí…

 

—Pues empieza.

 

Dejó sobre la cama la foto de su mujer. Cogió el móvil y contempló durante unos segundos la fotografía de una mujer de pelo rubio. Besó la pantalla, cerró los ojos y la envió a la papelera de reciclaje. Escuchó cómo se levantaba su hijo del sillón, sus diminutos pasos resonaron en la tarima flotante, dirigiéndose hacia la puerta. «Tendrá que ponerse de puntillas para abrir el cerrojo», pensó, porque aún no alcanzaba, y se le volvieron a empañar los ojos.

 

Había llegado el momento.

 

Empezó a moverse despacio, luchando consigo mismo, intentando dominar a su parte animal, la que le decía que no, que de ninguna manera, que se estaba equivocando, que eso no estaba escrito en los genes y que la decisión que acababa de tomar no era la más conveniente. Todas las células de su cuerpo gritaban intentando detenerle. Y funcionó, porque no podía moverse. «¡Joder…!» Tenía el cuerpo bloqueado por la tensión y los tíos del Juzgado ya debían de estar impacientándose. Encendió la radio, en parte para recuperar el movimiento, pero sobre todo para que Daniel no oyera lo que no debía oír. La música que sonaba le produjo una curiosa sensación de calma, de distanciamiento interior. Consiguió relajarse siguiendo la voz juguetona de la cantante, que de pronto aceleró, obligando a la flauta y a la guitarra a aumentar el ritmo para poder alcanzarla, hasta que la intensidad de la música decreció, reemplazada por la voz de un locutor acelerado que empezó a describir la trayectoria artística del grupo. Ahora ya podía moverse. Algo dentro de él había dejado de resistirse y se sintió tan ligero que los movimientos le salieron fluidos, armoniosos, precisos. Empezó a caminar con decisión, como si le estuvieran esperando en algún sitio. Sabía que ya no había marcha atrás, su cuerpo iba solo y él no podía detenerlo. Ni quería hacerlo.

 

Aspiró una última calada para darse valor y abrió la ventana. Abajo se había congregado un grupo discreto de gente solidaria, increpando a la autoridad que había desviado el tráfico, cortando el acceso a la calle en previsión de disturbios; vio camisetas de STOP Desahucios y alguna pancarta del PAH. Sonrió agradecido. Ya era demasiado tarde para él, pero le conmovió el gesto. Un cámara de 7TV enfocaba la ventana, mientras la reportera de la Televisión Autonómica de Murcia retransmitía la noticia en directo. Vio que la comitiva judicial aún no había entrado. El cerrajero manipulaba sus herramientas junto a la puerta. Antes de ablandarse demasiado y perder determinación, giró la cabeza buscando la persiana del director de la sucursal, la que se movía, y le atravesó con la mirada, tomándose su tiempo, para que no quedara ninguna duda de a quién estaba acusando.

 

Entonces, saltó al vacío… 

 

…Sin cerrar los ojos, porque su plan requería precisión. «Tengo mie…», pensó, antes de estrellarse justo donde quería, a los pies de la comisión.

 

Su sangre les salpicó.

 

El cámara de 7TV inmortalizó el momento.

 

La prensa nacional se hizo eco del suceso, porque les encanta la sangre. El secretario salió movido en la foto, la mano en la mejilla, como si algo le hubiera golpeado en la cara; el resto de la comitiva, junto al portal, con la respiración contenida y la misma expresión, parecía que estuviera contemplando cada uno su propia muerte. Tardarían en olvidar esa visión turbadora. Ese momento se repetiría cada noche en la soledad de sus sueños.

 

Esa fue la pequeña venganza de Salvador.

 

 

 

  • Editorial: Por determinar
  • Temática: Ficción moderna y contemporánea
  • Género: Novela Negra
  • Tercera entrega de la trilogía del inspector Proaza
  • Rango de edad: Adultos
  • Nº de páginas: 246
  • Encuadernación: Tapa blanda (reforzada)
  • ISBN: Por determinar