MAT-ARTE

Cuando me corto la mano izquierda ya he firmado con el galerista un contrato en exclusiva. Me he comprometido a crear para él una nueva tendencia artística pura y genuina, elaborada exclusivamente con partes de mí mismo.

 

—Ya tienes pintura roja en abundancia —me dice—. Con los metacarpianos puedes fabricar el mango, y con la falange distal del meñique y uno de los tendones, hacer el plumín.

 

—Pero…

 

—Sí, sí…, ya sé que tú eres más de pincel, pero si quemas la punta del plumín tendrás un lápiz para los bocetos preliminares.

 

—Excelente idea —reconozco—. No lo había pensado.

 

—A un buen galerista no solo le importa su comisión.

 

—Por elevada que sea.

 

—Creía que ese tema ya había quedado zanjado. Es de mal gusto insistir…

 

—No seas quisquilloso, hombre. Solo ha sido una broma.

 

Después de cauterizar y vendarme el muñón, me tomo un potente analgésico y me dedico a fabricar las herramientas con primorosa atención al detalle. Sobre el bastidor grapo la piel que me he quitado de la espalda. Después, afilo la punta de la falange con una lima, la quemo con el mechero y la fijo con el tendón a un extremo del hueso.

 

Utilizo las tijeras para cortar un mechón del flequillo.

 

—¿Es para el pincel?

 

—Sí —empiezo a colocar uno a uno los pelos, usando el tuétano como pegamento—. Mañana ya se habrá secado y podré empezar a pintar.

 

—Vas a formar parte de la Historia del Arte —el hijo de puta lo dice así, con mayúsculas, intentando manipularme—. ¿No estás emocionado?

 

Sigo con mi tarea y no le contesto.

 

Cuando termino, lo dejo todo preparado para comenzar sin demora al día siguiente.

 

Me voy a la cama.

 

Intento dormir, pero no puedo. No paro de dar vueltas desechando ideas, porque aún no he decidido qué es lo que voy a pintar. Por supuesto, los temas mitológicos y religiosos están descartados; no quiero herir susceptibilidades. El bodegón y el paisaje me tientan, pero los considero vulgares, por ser el tema recurrente de los que carecen de inspiración. Aunque el autorretrato resulta reiterativo, me parece de lo más oportuno y sugerente: la obra de un artista pintada consigo mismo. Es ideal para cerrar el círculo y poner el broche dorado que relance mi carrera. Una vez que tomo la decisión, me abandono en los brazos de Morfeo y me quedo dormido.

 

 

Por la mañana, después de desayunar, me enfrento al bastidor armado con un primitivo lápiz, un pincel y dos frascos: uno con sangre líquida y otro con sangre coagulada para darle consistencia a las texturas. Intento atornillar un espejo de tijera en el cerco de madera de la ventana, lo que no resulta fácil, teniendo en cuenta que solo dispongo de una mano.

 

—¿Necesitas ayuda?

 

El galerista sujeta el espejo, manteniéndolo firme.

 

—Es complicado desenvolverse con una sola mano —me justifico—, pero intentaré molestarte lo menos posible.

 

—No es una molestia. Estamos juntos en este proyecto.

 

—Quiero ser honesto y cumplir sin artimañas con mi parte del acuerdo.

 

—Prometo no interferir más de lo necesario —pone cara de circunstancias y añade—. Además, si tenemos en cuenta que el espejo no forma parte del cuadro, no le restará pureza a tu obra.

 

Su argumento resulta impecable. Consiento, a pesar de que algo en mi interior se remueve, porque siempre me he considerado un artista autosuficiente de moral intachable.

 

Mientras el galerista prepara un segundo café empiezo a desarrollar el boceto. Tengo que afilar y quemar continuamente la punta del lápiz, lo que resulta engorroso pues me saca del tema y pierdo concentración. Tardo un par de horas en darlo por concluido...

 

(Continúa...)

 

 

 

 

RESEÑAS

 

Solo Novela Negra

 

El libro en blanco